Construccíones.

La corporación municipal que salga de las urnas el próximo 20 de mayo se encontrará con los 700 rótulos de un callejero que incluye plazas, avenidas. Pasajes, travesías. paseos y callejones, es decir con una metrópoli variopinta, quiero decir antigua, moderna, contemporánea y de ayer mismo, en la que siempre faltará un jardín, un semáforo, una fuente, un paso de cebra, una farola y lo que sea menester en el amplísimo desafío de las mejoras urbanas, que el vecindario reclama casi siempre con razón, mientras el Ayuntamiento actúa atado de pies y manos por la soga del presupuesto, que no es de chicle y que hay que administrar con cuentagotas. Pero no se puede negar que cada día se da un paso más hacia la gran ciudad de los seis distritos y con una demografía que ya está por encima de los 170.000 ciudadanos. Se elabora un plan de ordenación que tiene ante sí una perspectiva de crecimiento, y habrá nuevos ensanches, como los que periódicamente han permitido alargar el perímetro local desde el día que la desamortización se cargó las ermitas y conventos y en cada solar se abría una red viaria que poco a poco iba a dibujar nuevas áreas de convivencia. Es un proceso de nunca acabar, una constante asignatura pendiente, y dejaremos una herencia con desarrollo bajo control a las nuevas generaciones.
Entretanto, los barrios aparecen en estado de revista y ahora se anuncian obras en veintiséis calles cuya infraestructura necesita algún remiendo, mientras se espera con cierta impaciencia una recuperación del sector de la construcción afectado por el estallido de la burbuja inmobiliaria. En tiempos de vino y rosas, el paisaje albaceteño puso por encima de sus chimeneas dos indicios de progreso: un alfiletero de antenas de televisión, en las que un nuevo y descarado Diablo Cojuelo haría de las suyas metiéndose casa por casa, y un insólito cuadro de las lanzas formado por las grúas, como zancudas sobre un territorio propicio que iba a multiplicar las urbanizaciones, una auténtica invasión al fondo de la cual latía el invisible corazón de la gente mientras firmaba hipotecas que cambiarían su vida. Fuimos felices mientras duró, “que hasta cantaban las hormigas” como he oído en una canción. Este es un tiempo hostil contra el que hay que luchar a gorrazos, que los misiles no sirven en una batalla incruenta y además los tienen en Asia donde han renovado la guerra de Corea, seguramente para que Hollywood -que sigue buscando al soldado Ryan desde el Salón Oval mientras Johnny coge su fusil- haga más películas de chaquetas metálicas y chicas rubias de Texas.
Aquí no es que queramos una ciudad de cine. Nos basta con cuidar el Al-Basit que perdió el turbante para convertirse en un pueblo emprendedor que labró el surco -que labró su destino- sin que nadie le diese un soplo en un ojo, que de ese ‘plan Marshall’ que nunca tuvimos, como el de la película del cachondo Berlanga que se acaba de ir sin despedirse, podríamos hablar largo y tendido.

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Una respuesta a Construccíones.

  1. mariacamarona dijo:

    La corporación municipal que salga de las urnas el próximo 20 de mayo se encontrará con los 700 rótulos de un callejero que incluye plazas, avenidas. Pasajes, travesías. paseos y callejones, es decir con una metrópoli variopinta, quiero decir antigua, moderna, contemporánea y de ayer mismo, en la que siempre faltará un jardín, un semáforo, una fuente, un paso de cebra, una farola y lo que sea menester en el amplísimo desafío de las mejoras urbanas, que el vecindario reclama casi siempre con razón, mientras el Ayuntamiento actúa atado de pies y manos por la soga del presupuesto, que no es de chicle y que hay que administrar con cuentagotas. Pero no se puede negar que cada día se da un paso más hacia la gran ciudad de los seis distritos y con una demografía que ya está por encima de los 170.000 ciudadanos. Se elabora un plan de ordenación que tiene ante sí una perspectiva de crecimiento, y habrá nuevos ensanches, como los que periódicamente han permitido alargar el perímetro local desde el día que la desamortización se cargó las ermitas y conventos y en cada solar se abría una red viaria que poco a poco iba a dibujar nuevas áreas de convivencia. Es un proceso de nunca acabar, una constante asignatura pendiente, y dejaremos una herencia con desarrollo bajo control a las nuevas generaciones.
    Entretanto, los barrios aparecen en estado de revista y ahora se anuncian obras en veintiséis calles cuya infraestructura necesita algún remiendo, mientras se espera con cierta impaciencia una recuperación del sector de la construcción afectado por el estallido de la burbuja inmobiliaria. En tiempos de vino y rosas, el paisaje albaceteño puso por encima de sus chimeneas dos indicios de progreso: un alfiletero de antenas de televisión, en las que un nuevo y descarado Diablo Cojuelo haría de las suyas metiéndose casa por casa, y un insólito cuadro de las lanzas formado por las grúas, como zancudas sobre un territorio propicio que iba a multiplicar las urbanizaciones, una auténtica invasión al fondo de la cual latía el invisible corazón de la gente mientras firmaba hipotecas que cambiarían su vida. Fuimos felices mientras duró, “que hasta cantaban las hormigas” como he oído en una canción. Este es un tiempo hostil contra el que hay que luchar a gorrazos, que los misiles no sirven en una batalla incruenta y además los tienen en Asia donde han renovado la guerra de Corea, seguramente para que Hollywood -que sigue buscando al soldado Ryan desde el Salón Oval mientras Johnny coge su fusil- haga más películas de chaquetas metálicas y chicas rubias de Texas.
    Aquí no es que queramos una ciudad de cine. Nos basta con cuidar el Al-Basit que perdió el turbante para convertirse en un pueblo emprendedor que labró el surco -que labró su destino- sin que nadie le diese un soplo en un ojo, que de ese ‘plan Marshall’ que nunca tuvimos, como el de la película del cachondo Berlanga que se acaba de ir sin despedirse, podríamos hablar largo y tendido.

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